lunes, 23 de enero de 2017

RUISEÑOR

Por Boris Aguilar Bustamante


Sobre las tejas de un raído techo, se posaba cada mañana un hermoso ruiseñor que cantaba día a día la misma tonada dulce una y otra vez. Cada mañana, sin falta alguna, en el mismo tejado, una y otra vez. En el jardín de aquella vieja casa, bajo un viejo cobertizo, una mecedora que distraía a una anciana con su vaivén interminable. Todas las mañanas, mientras el ruiseñor cantaba, la ancianita escuchaba. El espectáculo duraba algunos minutos para que luego el ave alzara vuelo y no volviese sino hasta la mañana siguiente para cantarle de nuevo. Los días se ponían fríos, y las noches eran más largas: el invierno se acercaba. La solitaria anciana había enfermado, y fue llevada al hospital ante la insistencia de la menor de sus cinco hijas, quien era la única que por su frágil madre se preocupaba.

Postrada en el hospital, creía escuchar el canto del ave, pero pensaba que solo lo escuchaba en su mente. Recordaba con anhelo esos días de primavera en que podía salir a su jardín y escuchar al ave cantar. La temporada más gélida comenzó y junto a los copos de nieve que caían, así también copo a copo se le acababa la vida. Pronto los médicos entendieron que era cuestión de tiempo y que la familia debía realizar los arreglos para preparar la despedida de su madre. Así, un día, murió.

Semanas después, la hija mayor de la difunta anciana, acudió muy temprano a la vieja casa donde había pasado su infancia, junto a un grupo de arquitectos para realizar mediciones y observar el terreno. Las hijas mayores habían decidido derrumbar aquella vieja casona y construir en su lugar un condominio comercial que rápidamente justificaría el valor de esa herencia. Mientras los profesionales realizaban su trabajo, la hija vio la vieja mecedora de su madre y decidió sentarse en ella, al hacerlo pudo ver de frente el viejo tejado sobre el cual se encontraba un ruiseñor que la observaba, no cantaba, solo la observaba. Intrigada y absorbida por su mirada, la mujer no podía dejar de sentir un profundo dolor inexplicable al ver a esa inmutada ave. Pronto el ave cantó una tonada que penetró en lo más profundo del alma de la mujer y no pudo evitar ponerse a llorar. Era el canto que su padre le cantaba cuando ella era una niña. Se puso de pie y salió de la propiedad sin poder contener el llanto.

Se decidió que la vieja casa sería refaccionada, mas no demolida, y conservaron el vergel y el tejado, al que acudían dos hermosos ruiseñores a cantarle a la última nieta de la familia quien se sentaba en la misma mecedora donde un día lo hacía su abuela cuando tenía forma de mujer anciana, antes de que la muerte se llevara su cuerpo, pero la nueva vida le regalara alas, tal y como había sucedido años atrás, con su difunto esposo a quien amó toda la vida, tanto en la antigua como en la renacida.

Una nota escrita con puño y letra en el cajón del velador de la anciana fue hallada y decía:

Ruiseñor, no te vayas, cántame una vez más, que a mi alma adolorida tu cantar podrá sanar.
Ruiseñor de bellas alas, vuela al fin hacia la mar, pero no me dejes sin tu canto, vuelve pronto, vuelve ya.
Ruiseñor de la mañana, ruiseñor con tu cantar, ven a mí a mi morada y dame vida un día más.
Ruiseñor de bellas alas, vuela al fin hacia la mar, pero no me dejes sin tu canto, que la muerte ya vendrá.




viernes, 13 de enero de 2017

REENCUENTRO

Por Boris Aguilar B.


Me llevo una última bocanada a los labios, mientras contemplo el techo de ese ófrico motel. El humo dibuja la silueta de una bailarina al encontrarse con un prófugo haz de luz, y el sonido de un grifo que gotea me recuerda el tic tac de aquel viejo reloj que oscilaba en la antigua sala de mi abuelo, donde pasaba mis tardes de niño, mientras mis padres se iban a trabajar. Los labios me saben a pecado mezclado con whisky, y en mi mente, difusos recuerdos de la noche anterior. Un extraño torso desnudo yace boca abajo junto a mí, tiene tatuada una cruz en la espalda, y un ave de colores que se alza imponente a lo ancho de sus caderas. El retumbar de mi cabeza se sincroniza con el palpitar de mi acelerado corazón y el aire me sabe a gasolina.

Mientras fumo mi último cigarro, recuerdo su hermosa sonrisa, aquella que me regalaba cuando me veía llegar. Recuerdo esa lluviosa noche de verano, cuando con una botella de vino y flores toqué a su puerta. Faltaban tan solo dos días para la noche más importante de su vida, aquel que había esperado desde niña, cuando se ponía sus zapatillas, y de puntillas a su tul hacía girar. Le esperaban los teatros más imponentes y elegantes, a los cuales acudiría el público más solemne y culto de Europa. Celebramos aquella noche, sin saber que en realidad nos despedíamos. Jamás olvidaré el modo en que sus ojos compenetrados con los míos me decían que yo era su aire mientras sus labios pronunciaban un «te amo» y sus sedosas manos me abrazaban como si jamás me quisieran dejar. No sabía en realidad el porqué de los labios sino hasta que encontraban su fragante cuello, recorriendo su tibia espalda, su vientre, sus blancas y suaves piernas. Amanecimos abrazados de una manera tan férrea, como si nunca quisiéramos abandonar esa habitación, como si nuestros cuerpos temieran que si nos alejamos, no volveríamos jamás a ser uno. A la mañana siguiente me fui temprano para ir a trabajar, le prometí que la iría a recoger al acabar la tarde para llevarla al aeropuerto. Nunca más la volvería a ver.

Ahora el sinsentido de mi vida se ha vuelto una maldición. El aire raspa mis pulmones, abriendo grietas de dolor. El whisky ya no me sabe más que a agua y en lugar de borrar todos mis recuerdos, los proyecta donde quiera que voy. Sin rumbo, así sin rumbo, divago en un eterno caminar. El tic tac de ese reloj truena en la sien de mi frente, como una cuenta regresiva de nunca acabar. Esta noche al fin podré descansar.

Me visto, tiro algunos dólares sobre la cama y abandono a mi pelirroja desconocida quien, aún echada boca abajo, me lanza una mirada de conmiseración, entreabre los labios, como queriendo decirme algo, pero de inmediato nota que no se han inventado aún las palabras que ayuden a paliar las llagas del corazón. «A la intersección de la avenida este y la entrada Charleston» le digo al conductor del taxi al que acabo de subir. Busco entre mis bolsillos, olvidando que ya no me quedan más cigarrillos. Es un día radiante, ni una nube se asoma en el cielo. «Lindo día, ¿no lo cree?» me pregunta sonriente el amable conductor que me mira por el retrovisor. Le sonrío y asiento con la cabeza. Le pago al bajar y no le respondo sus deseos de un buen día. Ante mí, se alza imponente la represa Charleston, una maravillosa obra de ingeniería. Camino hasta la mitad de su estructura. Miro a ese hermoso horizonte a cuyos pies se yergue el valle. Con una maniobra me paro sobre el borde que da a una caída de 200 metros. «¡Oiga!» grita alguien. Escucho sus pasos correr, sin darme la vuelta siquiera, levanto los brazos al cielo, como cuando ella alzaba los suyos en el escenario ante un maravillado público que aplaudía de pie, y con impulso de gloria funesto, salto sin siquiera dudar. Tengo demasiados narcóticos en la sangre como para sentir miedo. Al fin soy libre, al fin soy libre, al fin soy libre…


Y libre fui desde entonces, tras doce meses de recordarla en silencio, a ella, y al fruto de nuestro amor que florecía en su sagrado vientre.


martes, 22 de marzo de 2016

REGÁLAME UNA NOCHE

Por Boris Aguilar B.


Regálame una noche, para que pueda sentir tu perfume cuando bese tu cuello y sentir tu fragancia impregnada en mi piel cuando ya te hayas ido.

Regálame una noche, para que pueda quitarte los miedos y al fin desnudarte hasta el alma, y sepas que a mi lado no te faltará nada.

Regálame una noche, para borrar el dolor de tu pecho, para besar todas tus cicatrices, y curar con el bálsamo de mis labios tu corazón estremecido.

Regálame una noche, para que pueda dibujar en mi mente el lienzo de tu cuerpo desnudo y pintarte en mis recuerdos cuando ya no estés conmigo.

Regálame una noche, para incendiar los muros del cielo y derretirlo todo, incluso el mismo tiempo. Regálame una noche, para que mi alma te abrace en silencio y se funda contigo. 

Regálame una noche, para que sea una noche eterna y permanezcas por siempre conmigo, apoyada en mi regazo, acariciando mi espíritu libre.

Regálame una noche, regálame tu boca, regálame tu cuello, regálame tus manos, regálame tus labios con todas tus sonrisas, regálame tus brazos con todos tus abrazos, regálame tus ojos con tu mirada de ángel, regálame tus manos con todas tus caricias, regálame tu ser con toda tu alegría y a cambio, oh querida, te regalaré mi vida.


Para esa ángel que descendió del cielo, cambió mi vida, y se alzó en vuelo...

viernes, 5 de febrero de 2016

CÁPSULA DEL TIEMPO

Por Boris Aguilar Bustamante


Por cosas de la vida, de esas que no sabemos explicar, me vi un día en una especie de cápsula del tiempo que se remonta a un pasado: sin televisión, sin cable, sin computadora y en completa soledad; bueno, no tanto, al menos me acompañaban siempre fieles, Lulú y Moshi, poodle la primera y una especie de pastor la segunda. Ambas muy hermosas.

Una casa inmensa y silenciosa con esos tres únicos habitantes no es de lo más emocionante que se diga, y aunque muchos quisieran estar en mi lugar, es a ratos desesperante. La soledad es implacable con uno, más aún cuando tu mayor temor es estar solo. Le he temido a la soledad por muchos años y siempre hallaba la manera de no estar solo, ya sea porque vivía con mis hermanos o papá, o ya sea porque me refugiaba en alguna novia. Lo sé, estuvo mal. Al fin la soledad me alcanzó y me envolvió en un abrazo casi funesto que me dejó sin aire, aire que todavía me cuesta inhalar.


Entonces, en mi cápsula del tiempo, viví y vivo aún, solo provisto de dos cosas que pueden distraer mi mente: una vieja radio de mamá y mis libros. Así que moví algunos sillones, instalé una lámpara que le pertenecía a mi hermano, preparé café, encendí la radio, busqué mis viejos discos de sinfonía clásica y comencé a leer. Cuando dejaba de leer, recordaba lo solo que estaba, extrañaba a mamá y a mis hermanos, así como a ese amor fallido que incluso osa en aparecer entre líneas de mis libros y a quien todavía quiero.

A veces me quedaba dormido y la radio ya no sonaba. Despertaba y me iba a mi habitación victorioso por haber superado un día más. Lulú, mi eterna compañera se quedaba siempre conmigo, incluso desde aquellos tiempos en que iba a pasar clases a la universidad y me tocaba estudiar hasta tarde; siempre fiel acurrucada a mis pies. Moshi, que es todavía niña, tiene otras ocupaciones, como echarse atenta y paciente en cierta parte del patio desde donde espera a un gato negro que osa posarse en el pretil de la pared. Cuando llega, Moshi sale disparada como cohete a su encuentro con ladridos de furia que estoy seguro son insultos caninos en el idioma de perro.


Sentado en el sillón, al leer a los grandes autores, logro al fin trasladarme a otras realidades olvidándome de la mía. A esos parajes donde existe más vida que en esta vida. Hacia aquellas fantasías donde conceptos como equidad, justicia y amor sí existen y no son utopías. Y a pesar de lo hermoso de los relatos, la realidad de quienes escriben, no es tan distinta de la mía. Hemingway, por ejemplo, Nobel de Literatura, hombre aventurero, que a pesar del éxito que le rodeaba, murió sintiéndose solo, refugiado en el alcohol y terminó sus días colocándose una bala en el cráneo, tal y como lo había hecho su padre treinta y tres años antes. Era 1961. Triste, sin duda.

Virginia Woolf, escritora inglesa, salió una tarde de 1941 con un abrigo cargado de piedras y tomó la trágica decisión de lanzarse al río Ouse, en Inglaterra. Su cuerpo fue hallado 21 días después.

Además de Hemingway, otros como Charles Bukowski y Edgar Allan Poe eran alcohólicos y se cree que este último, quien fue encontrado delirando en una calle de Baltimore antes de fallecer, había muerto por abuso de alcohol, aunque la causa real es hasta hoy un misterio. Pero de alguna manera, estos y otros grandes, no solo escritores, sino artistas, murieron presas de sus propios infiernos rodeados de narcóticos y alcohol, pero sobre todo, mucha, pero mucha soledad.

Largos son los días y más largas son las noches en la cápsula del tiempo. No olvidaré jamás este periodo porque sé que es la antesala hacia días mejores. Es la etapa de la vida, que a todos nos llega, en que con dureza nos prepara para el porvenir. Es la fase donde tenemos que aprender lo que es el dolor para aprender a sentir felicidad; porque no hay forma de valorar la paz sin haber vivido la guerra; no hay forma de valorar el amor, sin haber sentido la indiferencia; no hay forma de valorar la luz, sin haber vivido en tinieblas.

Mejores días llegarán y para cuando lleguen, habré estado listo, si acaso la muerte no me alcanza primero, como ya antes la soledad hizo.


viernes, 15 de enero de 2016

MUDÉMONOS JUNTOS

Por Boris Aguilar Bustamante

Mudémonos juntos. Deshagámonos de nuestros miedos, de los prejuicios, y del temor del qué dirán.

Tal vez a un principio no sea fácil. Tendré que pedir horas extra en el trabajo y quizás debamos privarnos de algunas cosas a un inicio para tratar de ahorrar un poco más. Buscaremos un apartamento barato, quizás no tan céntrico. Venderé el viejo auto que me dejó papá para comprar nuestros primeros muebles y probablemente por algún tiempo no pueda llevarte a cenar a lugares caros.

¿Pero sabes?, nada de eso me importa, porque ya sea un departamento viejo y ófrico, o una casa maltrecha en las afueras, contigo sería un hogar y eso es todo lo que deseo. Y aunque el piso rechine o el techo se caiga, tendremos a las estrellas como manto y mis brazos te darán calor, porque existo para protegerte y amarte cada instante.

Cocinaré para ti todos los días. Y con cada bocado que te lleves a la boca, te llevarás también un pedazo de mi amor, porque cocinar para ti sería un honor. Mi obligación es alimentar tu cuerpo, pero también tu alma. Eres mi complemento, contigo nada me falta.

Y así, un día seremos bendecidos y en tu vientre sagrado brillará una tenue luz de esperanza, fruto de nuestro amor. Florecerá lentamente y seremos muy dichosos. Eres tú mi primavera porque sé que un día retoñará en ti nuestra más bella creación.

No tengo mucho que ofrecerte, solo mi vida por completo...


jueves, 14 de mayo de 2015

DESCONEXIÓN

Por Boris Aguilar


Recorrí una noche tu cuerpo, tendido a mi merced. Sentí tu tersa piel desnuda que me embriagaba de placer, y mis sentidos ya no existían sino era para admirarte, para desearte, para enlazarse a tu ser; mujer hermosa, mujer divina. Mi cuerpo adormecido se había convertido en esclavo de tu deleite, y las horas eran tan solo segundos, y esos segundos, una eternidad. Mujer preciosa, mujer perfecta.

Se conectaron nuestras almas de inmediato, mucho antes de quitarnos la ropa, incluso antes del primer “hola”, sino en aquel instante en que mis ojos se fusionaron con tu mirada cautivadora, aquella tarde que nunca olvidaré. No sé por qué nos conocimos, ni sé si pudo durar más, pero en la brevedad de ese corto tiempo, logré sentir tus alas de ángel, que me invitaron a volar contigo, hacia un páramo desconocido donde solo necesitaba de ti. Pero en medio de ese recorrido, solté tus alas y caí, y me perdí en un desierto desolado, solo, abandonado, desorientado, sin saber dónde te hallabas, sin saber si te volvería a encontrar. A pesar de la distancia, seguíamos conectados, tú allá, libre en las alturas; yo acá, esclavo de mis males. Divagué por incontables horas imaginando que nos reencontrábamos, alucinando, quizás por la insolación. Recordaba las veces que te tendías junto a mí y me mirabas con ese rostro angelical, y me tentabas con ese cuerpo endemoniado, motivo de mi perdición, y al mismo tiempo, razón de mi existencia. Lo eras todo, lo fuiste todo, durante ese breve pedazo de existencia.

Quedé enceguecido por tanto mirar el cielo, buscando tu silueta libre y vivaz. Y el resplandor del sol abrasador me recordaba las noches de pasión en que también me enceguecía tu brillo de fuego y me quemaba la piel tu cuerpo, dejando llagas ardientes que todavía me duelen, que todavía me arden. Cada una de esas quemaduras, son recordatorios de esos días de intensa conexión, que mi memoria podrá borrar, pero nunca mi corazón. Un día fuimos incendio, ahora somos brasa que agoniza lentamente y que se apaga tristemente para dejar polvo de ceniza.

Quizás nuestros días juntos se hayan acabado, pero nuestros recuerdos perdurarán eternamente. Quizás ya no pueda darte un beso, pero en mis sueños sigues siendo mía. Quizás ya no pueda sentir tu cuerpo, pero no necesitamos estar cerca para que, de vez en cuando, nuestras almas decidan encontrarse. Quizás ya no seamos lo que fuimos y nos hayamos perdido, pero una parte de mí estará conectada a ti por siempre…

No voy a olvidarte jamás, ángel divino.




jueves, 9 de abril de 2015

SEAMOS NIÑOS UNA VEZ MÁS

Por Boris Aguilar


De niños somos soñadores, imaginamos mundos de colores e inventamos heroicas historias. Estamos hambrientos de aventuras que se desarrollan a lo largo del día en el amplio jardín y discutimos con mamá cuando nos obliga a ir a la cama cuando se asoma la luna junto al canto de los grillos. Le faltan horas al día para realizar tantas proezas, y aun dormidos, seguimos imaginando, seguimos soñando.

Quizás porque cuando somos niños todavía no hemos visto la devastación del mundo y la corrupción del ser humano. En toda nuestra inocencia no tenemos ni la más remota idea de que existe dolor y desolación en el mundo exterior. Cuando somos niños no tenemos demasiadas preocupaciones, quizás por eso es que tenemos más tiempo para soñar. Nuestras preocupaciones a temprana edad pasan por decidir qué juguetes usar o qué programa de dibujos animados ver; nos preguntamos si mamá se dará cuenta si acaso osamos en usar sus ollas de cocina a modo de batería improvisada o si se molestará al ver que decidimos pintarrajear las paredes, en un intento de representar las maravillosas historias que abundan en nuestras inocentes mentes soñadoras.

A veces nos metemos en problemas cuando el alcance de nuestras travesuras supera los límites de la paciencia de los adultos, y terminamos recibiendo una reprimenda que a veces nos arranca algunas lágrimas, que pronto son olvidadas cuando vuelven a nuestras mentes las siguientes hazañas que estamos dispuestos a cometer. Mamá, no se las espera y es por eso que siempre termina sorprendiéndose ante cada ocurrencia infantil que atenta contra las paredes, los documentos importantes de papá, los cosméticos de mamá o las estampillas de colección del abuelo.

Nunca se es más soñador que cuando somos niños, es durante la niñez que desarrollamos esa capacidad innata del ser humano de imaginarnos a nosotros mismo en otras dimensiones del espacio y del tiempo. No existen límites de la imaginación humana, mucho menos de la imaginación de un niño. Pero, es triste saber que en la medida en que crecemos, poco a poco, nos olvidamos de soñar y nos convertimos en presas cautivas de una sociedad que obliga a tener los pies en el suelo. Las obligaciones del colegio reemplazan a las tardes de historietas y lápices de colores. Los exámenes finales reemplazan a las tardes de tierra y coches de juguete. Las pruebas para entrar a la universidad reemplazan a las mañanas de plastilina; y pronto, las deudas y la hipoteca reemplazan a los juegos de mesa con fichas de colores y dinero ficticio. Crecemos y dejamos de soñar.

Pronto la vida parece que se nos acaba, que el tic tac del reloj ahora corre en sentido contrario, pues la cuenta regresiva ha comenzado a partir del momento en que tomamos noción real de la muerte. Entonces, deseamos vivir apresurados. Buscamos un título universitario para luego buscar un empleo de 12 horas diarias y así ganar todo el dinero posible para comprar una casa y un auto. Buscamos un esposo o esposa con quien procrear para pronto enseñarles a nuestros hijos a vivir apresuradamente, así como a nosotros se nos ha enseñado a vivir. Nos olvidamos de nuestros sueños, porque muchas veces no son pragmáticos y resultan una pérdida de tiempo, o simplemente, no son rentables para mantener el estilo de vida codicioso que deseamos.

Pero, no todos renuncian a su niñez, algunos, unos cuantos, deciden nunca dejar de ser niños y así nunca dejar de soñar. Las aventuras ahora no son con dragones, ahora son con proyectos y objetivos. Dejamos de imaginarnos en la luna para pasar a imaginarnos en otro confín del planeta, viajando, conociendo personas y lugares. Quizás las ilusiones ya no sean las de un niño inocente, sino las de un niño adulto que no se ha olvidado de soñar pero que ha aprendido las duras lecciones de la vida de tal manera que esos sueños sean alcanzables, y sin importar cuánto cueste, cuánto tome y hasta cuánto duela, haremos todo por alcanzarlos, absolutamente todo.

Quienes se han olvidado de ser niños, se han olvidado de vivir y han aprendido a subsistir en medio del caos llamado sociedad. Quienes se han olvidado de ser niños, se han vuelto amargados y han desarrollado frenéticas compulsiones para lidiar con las presiones del trabajo. Quienes se han olvidado de ser niños, han corrompido sus corazones y han desarrollado hábitos mundanos que promueven el odio y la explotación. Quienes se han olvidado de ser niños, se han olvidado que aun con las cosas más sencillas se puede ser feliz, porque ni todo el ostento del mundo es suficiente cuando aprendemos a codiciar más y más, mirando etiquetas de precio pero no momentos de verdadero valor. Una charla, una risa, un café, la compañía de un amigo, o un simple “te quiero” escrito en una servilleta pueden ser más valiosos que cualquier objeto material comprado con horas perdidas de nuestra vida y juventud usadas para ganar el dinero que compran tales objetos vacíos y sin significado.


Seamos niños jugando a ser adultos. Seamos niños una vez más y aprendamos a perdonar. Seamos niños una vez más y aprendamos a no herir. Seamos niños una vez más y aprendamos a sonreír. Seamos niños una vez más y volvamos a soñar, volvamos a vivir.


Dedicado a Ángela Ramos